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Feria de Albacete

Aunque Paco Ureña volvía al lugar del drama, el percance de hace un año que le costó perder la visión del ojo izquierdo, y la plaza se volcó con él, sus fallos a espadas y su pésimo lote le mpidieron el triunfo que deseaba de forma parigual a los albaceteños. El éxito fue para un Castella inspirado, que cortó dos excesivas orejas, y el fracaso gordo fue, una vez más, para la divisa, como en casi todo el abono, en este caso de Montalvo, mientras que Aguado pasó de puntillas.

Una de las características de los festejos en Albacete, además de lo esencial que es la presencia del toro, es el descanso entre el tercero y el cuarto para degustar las buenas viandas de la gastronomía paisana. Y el lunes, Emilio de Justo, con una gran faena en el último que le valió para salir a hombros, participó a su manera en la merienda, comiéndose profesionalmente a dos figuras como Ponce, en mayor medida, y Perera, que se habían traído un encierro de una de sus divisas favoritas, la de Juan Pedro Domecq. La misma que había pegado un petardazo el año pasado. La misma que seguramente nos tragaremos el próximo. Y no olé.

Suspendido por la lluvia el festejo del viernes con El Juli, Manzanares y Ureña en el cartel

Cara y cruz de la fiesta, a medias. Porque, aunque el local José Fernando Molina salió a hombros tras cortar dos orejas (una y una), tampoco fue la suya una actuación maciza y para tirar cohetes. Porque, aunque el mexicano San Román sufrió el escuchar los tres avisos en su último bicorne, bien presentado como el resto a excepción del sexto, no fue por inútil –bueno, un poco sí- con el estoque, sino por confiarse esperando que doblara el bicorne sin entrar a matar una segunda vez para cortar otra oreja que le abriera también la puerta grande y amontonarse a toda prisa con el verduguillo. Por su parte, la corrida del viernes, para la que había enorme expectación, se suspendió por la lluvia. Formaban el cartel, con toros de Garcigrande, los matadores El Juli, Manzanares y Paco Ureña, que volvía a Albacete un año después del percance que sufrió en este coso y por el que perdió la visión del ojo izquierdo.

Ya se sabe que como tantas veces, demasiadas veces, el peor de los tópicos se cumple. Sí, aquel que espeta lo de corrida de expectación, corrida de decepción. Y, orejitas aparte, es un resumen perfecto de lo que aconteció este martes en Albacete, con dos consagradas figuras en el cartel, Enrique Ponce -que sustituía a Roca Rey- y El Juli, y uno de los casi nuevos, Álvaro Lorenzo, que defraudaron a partes iguales. Eso sí, la única noticia positiva fue que tras muchos años de desafueros, el ganadero Daniel Ruiz echó una corrida presentable.

No se cansa Rubén Pinar de acumular salidas a hombros en su tierra. La octava consecutiva, una marca inigualada y muy posiblemente inigualable, sumó en el inicio del abono septembrino. El albaceteño de Tobarra, con el apoyo de sus paisanos, demostró encontrarse en plena sazón de torería, dispuesto a escalar posiciones en el escalafón, para lo que le falta un triunfo en Las Ventas, donde lleva casi tantos toros, ocho, que no sólo no le han dado juego, sino que incluso en varias ocasiones le han herido de gravedad. Sumó cuatro orejas; dos de ellas indiscutibles en cualquier coso incluso de primera categoría: las obtenidas frente al primero, de la divisa de La Reina, y quinto, del hierro hermano de El Tajo. Y otras dos, con más reparos: las del Victorino corrido en cuarto lugar y la del cierre de Daniel Ruiz.

Inasequible al desaliento. Lo de Rubén Pinar y sus continuas hazañas táuricas en Albacete es digno de entrar en el Libro Guinnes de los récords. Porque ante una interesante corrida de La Quinta, exigente y de magnífica e igualada presentación -cuyas guapas caras fueron aplaudidas al aparecer por chiqueros-, fue capaz de descerrojar por sexta vez consecutiva la Puerta Grande del bello y centenario coso neomudéjar. En cambio no dio la talla José Garrido, que sólo brilló con el percal, y cumplió de sobra el también local Andrés Palacios, sustituto a última hora del anunciado Fortes. Y es que, como dicen los versos del inolvidable Ismael Belmonte: "Aquí hay toreros". Y los seguirá habiendo con los frutos de la magnífica Escuela Taurina, como la revelación de esta Feria, José Fernando Molina, o ese aventajado alumno aún sin picadores y coleccionador de Puertas Grandes que es Fran de Vane.

La tragedia ha querido ser protagonista, una vez más, en la Fiesta. Y le ha tocado a un gran torero como Paco Ureña, que sufrió un pitonazo muy fuerte en el ojo izquierdo cuando recibía de capote al cuarto toro de la tarde y que, en palabras del doctor González Masegosa -jefe de la enfermería, donde le atendió tras la cornada para mandarlo después al Hospital General-, a primeras horas de la madrugada de este sábado, pueden llevarle a perder la visión. A esa hora, todavía el coletudo estaba en el quirófano del Hospital, donde los cirujanos le habían salvado el ojo, pero posiblemente no la visión. Todo lo demás de lo ocurrido en esta séptima de Feria, en la que destacó Ginés Marín, que cortó una oreja, poco importa. Y, como se ha sabido a lo largo ya de este sábado, las peores perspectivas se han ido confirmando, pues tras cuatro horas de quirófano, se le ha salvado el ojo a Ureña, pero es muy difícil que recupere la visión.

Los pernios de la Puerta Grande del bello coso neomudéjar albacetense estaban a punto de ceder para que atravesase su umbral, a hpmbros de sus partidarios, Sergio Serrano. El local aprovechó las boyantes embestidas de su segundo ‘torrestrella’ para realizarle la faena más maciza de lo que va de abono. Pero, como en tantas ocasiones en su trayectoria, marró a espadas y el premio oficial, y estadístico, quedó en una clamorosa vuelta al ruedo. Los otros dos paisanos, Andrés Palacios y Diego Carretero -que cortó una oreja- anduvieron desiguales.

La gélida tarde climatológica que sufrió el cotarro lo fue en idéntica proporción, o más, en cuanto al espectáculo reseñable. Hasta el punto de que salvo algunos atisbos de interés por parte de los bicornes, o bicornazos, de Alcurrucén, y de Román y Ginés Marín –que cortó una oreja de escaso peso- el resto no dejó poso ni huella en el público. Y casi tampoco en el que suscribe, que salva su profesionalidad merced a un recurso tan antiguo como el bloc de papel y el bolígrafo.

No figuraba oficialmente en la cartelería, y sin embargo, al margen de trofeos cortados por la terna local, el triunfador del festejo fue ‘El Juli’, propietario de la divisa de El Freixo, que debutaba en una Feria de exigencias toristas como Albacete. Y es que el conjunto de novillos que envió Julián López a la capital manchega tenía un extraordinario trapío, muy superior a las reses que se lidian como toros en cualquier plaza de segunda, como la bella neomudéjar albaceteña, Y, además, con un juego desigual, su comportamiento general, a excepción del segundo, mantuvo el interés de los aficionados con los ojos avizor de lo que sucedía o podía suceder sobre la arena.

Alejandro Talavante, que salió a hombros, encendió la llama expansiva del toreo artístico, que brilló más en comparación con la vulgaridad de un Juli espeso y una actuación pueblerina de Miguel Ángel Perera. Eso sí, todo ante un encierro justo de presencia, putrefacto, sin casta ni fuerza -todos los bichos recibieron un puyacito- ni 'na' de 'na' de Juan Pedro-Parladé para cerrar el largo serial albaceteño.

El casi novel Diego Carretero superó a las dos figuras que completaban la terna. Con el pasotismo funcionarial y mecánico de Sebastián Castella y José María Manzanares, otrora capaces de grandes faenas en Albacete, se pusieron fáciles las cosas al paisano. Que anduvo entonado y artista en su primer enemigo de un encierro de buena presencia pero vacío de casta, al que cortó dos orejas, una de ellas de regalo, pero que no entorpece la proyección que puede tener el coletudo.