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     5 de julio de 2022

Feria de Albacete

Los coletudos se reparten cinco orejas ante un encierro de mucho interés

La autenticidad y la verdad de la tauromaquia, tantas veces perdida voluntaria o involutariamente por los responsables o irresponsables de la misma, brilló en la última corrida del abono de Albacete. Con un encierro de Victorino Martín muy serio de trapío y con diversos matices en su juego, pero siempre con interés, los locales Rubén Pinar, que cortó dos orejas, y Sergio Serrano, tres, dieron la talla artística y lidiadora que exigían los bicornes. Hubo triunfo pero no triunfalismo y ni un trofeo de regalo localista. Por lo que el público salió toreando del bello coso mudéjar camino del Ferial.

“Aquí hay toreros”. Es un bello pasodoble con música de Manuel García Sánchez, exdirector de la Banda de Pozohondo, que estuvo dos décadas tocando en el coso paisano, sobre versos de un gran poeta como fue Ismael Belmonte. Y es verdad. Porque la terna local de exalumnos de la productiva Escuela Taurina de Albacete afrontó con toreo del bueno el compromiso ante unos exigentes novillos de Montealto que por presencia y edad eran prácticamente toros. El mal uso de las armas toricidas impidió que se cortaron más trofeos del que obtuvo José Fernando Molina.

Una vez más se cumplió lo de 'corrida de expectación, corrida de decepción'. Porque el regreso de Morante al abono albaceteño después de muchos años animó la taquilla y el coso presentó la mejor entrada del ciclo. Pero falló el elemento esencial del espectáculo: los toros. Porque, una vez más, y van… Juan Pedro Domecq pegó un petardo de aúpa con sus bicornes o lo que fuera aquello. Pésimamente presentados e inválidos y sin sangre brava por sus venas, la corrida, toda ella cambiada con un mínimo puyacito, casi fue un simulacro, del que se salvó Paco Ureña con el menos malo de los lotes a cada uno de los cuales arrancó una oreja, mientras que Morante dejó detalles y Juan Ortega se enfrentó, es un decir, a los más inválidos. En el espectáculo de rejoneo del domingo, con dos tercios de entrada, abrió la Puerta Grande Leonardo Hernández mientras que el local Juan Manuel Munera y la francesa Lea Vicens cortaton un trofeo. Todo ante toros, despuntados reglamentariamente para rejones, de Fermín Bohórquez.

Ante una muy blanda corrida de Daniel Ruiz

Las estadísticas no deberían ser tan importantes en ninguna manifestación artística, pero lo son. Para quitarles tanta validez y profundizar en lo que pueden esconder debe estar la crítica, al menos la independiente. Porque, por ejemplo, en la tercera del abono de la capital manchega el que más se acercó a la esencia y verdad del toreo fue Emilio de Justo, que únicamente paseó un trofeo. Mientras que Manzanares, con dos faenas elegantes pero sin apreturas ni hondura, sumó una oreja en cada enemigo –o lo que fuera el blando y dócil encierro de Daniel Ruiz- y se hizo acreedor, por los números estadísticos, a salir en volandas por la Puerta Grande, que esta vez hubiera sido más bien chica, aunque por aquello de la pandemia abandonó el bello y centenario coso neomudéjar a pie. Las estadísticas no deberían ser tan importantes.

Sólo Perera cortó una oreja de escaso valor, y Urdiales y Marín se fueron de vacío

¿Qué querrán? A veces, demasiadas veces, los coletudos, por fas o por nefás, no dan la talla en cuanto a lo que es el toreo. Máxime como este jueves en Albacete con las facilidades que les ofreció el muy bien presentado -aunque con desigualdades-, mansurrón pero más que noble y colaborador encierro de las dos divisas de Victoriano del Río, que en ningún momento ofreció dificultades a una terna experimentada. Mas ni con estos ‘victorianos’ –no confundir con victorinos- fueron capaces no ya de bordar el clasicismo ni hacer filtiré, sino de acercarse a ello. Dejando el balance estadístico en una orejita para Perera.

Aunque Paco Ureña volvía al lugar del drama, el percance de hace un año que le costó perder la visión del ojo izquierdo, y la plaza se volcó con él, sus fallos a espadas y su pésimo lote le mpidieron el triunfo que deseaba de forma parigual a los albaceteños. El éxito fue para un Castella inspirado, que cortó dos excesivas orejas, y el fracaso gordo fue, una vez más, para la divisa, como en casi todo el abono, en este caso de Montalvo, mientras que Aguado pasó de puntillas.

Una de las características de los festejos en Albacete, además de lo esencial que es la presencia del toro, es el descanso entre el tercero y el cuarto para degustar las buenas viandas de la gastronomía paisana. Y el lunes, Emilio de Justo, con una gran faena en el último que le valió para salir a hombros, participó a su manera en la merienda, comiéndose profesionalmente a dos figuras como Ponce, en mayor medida, y Perera, que se habían traído un encierro de una de sus divisas favoritas, la de Juan Pedro Domecq. La misma que había pegado un petardazo el año pasado. La misma que seguramente nos tragaremos el próximo. Y no olé.

Los pernios de la Puerta Grande del bello coso neomudéjar albacetense estaban a punto de ceder para que atravesase su umbral, a hpmbros de sus partidarios, Sergio Serrano. El local aprovechó las boyantes embestidas de su segundo ‘torrestrella’ para realizarle la faena más maciza de lo que va de abono. Pero, como en tantas ocasiones en su trayectoria, marró a espadas y el premio oficial, y estadístico, quedó en una clamorosa vuelta al ruedo. Los otros dos paisanos, Andrés Palacios y Diego Carretero -que cortó una oreja- anduvieron desiguales.

Suspendido por la lluvia el festejo del viernes con El Juli, Manzanares y Ureña en el cartel

Cara y cruz de la fiesta, a medias. Porque, aunque el local José Fernando Molina salió a hombros tras cortar dos orejas (una y una), tampoco fue la suya una actuación maciza y para tirar cohetes. Porque, aunque el mexicano San Román sufrió el escuchar los tres avisos en su último bicorne, bien presentado como el resto a excepción del sexto, no fue por inútil –bueno, un poco sí- con el estoque, sino por confiarse esperando que doblara el bicorne sin entrar a matar una segunda vez para cortar otra oreja que le abriera también la puerta grande y amontonarse a toda prisa con el verduguillo. Por su parte, la corrida del viernes, para la que había enorme expectación, se suspendió por la lluvia. Formaban el cartel, con toros de Garcigrande, los matadores El Juli, Manzanares y Paco Ureña, que volvía a Albacete un año después del percance que sufrió en este coso y por el que perdió la visión del ojo izquierdo.

La gélida tarde climatológica que sufrió el cotarro lo fue en idéntica proporción, o más, en cuanto al espectáculo reseñable. Hasta el punto de que salvo algunos atisbos de interés por parte de los bicornes, o bicornazos, de Alcurrucén, y de Román y Ginés Marín –que cortó una oreja de escaso peso- el resto no dejó poso ni huella en el público. Y casi tampoco en el que suscribe, que salva su profesionalidad merced a un recurso tan antiguo como el bloc de papel y el bolígrafo.

Ya se sabe que como tantas veces, demasiadas veces, el peor de los tópicos se cumple. Sí, aquel que espeta lo de corrida de expectación, corrida de decepción. Y, orejitas aparte, es un resumen perfecto de lo que aconteció este martes en Albacete, con dos consagradas figuras en el cartel, Enrique Ponce -que sustituía a Roca Rey- y El Juli, y uno de los casi nuevos, Álvaro Lorenzo, que defraudaron a partes iguales. Eso sí, la única noticia positiva fue que tras muchos años de desafueros, el ganadero Daniel Ruiz echó una corrida presentable.

No figuraba oficialmente en la cartelería, y sin embargo, al margen de trofeos cortados por la terna local, el triunfador del festejo fue ‘El Juli’, propietario de la divisa de El Freixo, que debutaba en una Feria de exigencias toristas como Albacete. Y es que el conjunto de novillos que envió Julián López a la capital manchega tenía un extraordinario trapío, muy superior a las reses que se lidian como toros en cualquier plaza de segunda, como la bella neomudéjar albaceteña, Y, además, con un juego desigual, su comportamiento general, a excepción del segundo, mantuvo el interés de los aficionados con los ojos avizor de lo que sucedía o podía suceder sobre la arena.

No se cansa Rubén Pinar de acumular salidas a hombros en su tierra. La octava consecutiva, una marca inigualada y muy posiblemente inigualable, sumó en el inicio del abono septembrino. El albaceteño de Tobarra, con el apoyo de sus paisanos, demostró encontrarse en plena sazón de torería, dispuesto a escalar posiciones en el escalafón, para lo que le falta un triunfo en Las Ventas, donde lleva casi tantos toros, ocho, que no sólo no le han dado juego, sino que incluso en varias ocasiones le han herido de gravedad. Sumó cuatro orejas; dos de ellas indiscutibles en cualquier coso incluso de primera categoría: las obtenidas frente al primero, de la divisa de La Reina, y quinto, del hierro hermano de El Tajo. Y otras dos, con más reparos: las del Victorino corrido en cuarto lugar y la del cierre de Daniel Ruiz.

Alejandro Talavante, que salió a hombros, encendió la llama expansiva del toreo artístico, que brilló más en comparación con la vulgaridad de un Juli espeso y una actuación pueblerina de Miguel Ángel Perera. Eso sí, todo ante un encierro justo de presencia, putrefacto, sin casta ni fuerza -todos los bichos recibieron un puyacito- ni 'na' de 'na' de Juan Pedro-Parladé para cerrar el largo serial albaceteño.